Publicado en http://www.josecouso.info/article.php3?id_article=215

Una Palabras Magicas, Tres Gigantes y Una Torre
(Domingo 21 mayo de 2006)

por Santiago Alba Rico

"...hace tres años la familia y los amigos de José Couso y por eso las jornadas celebradas con ocasión del tercer aniversario de su asesinato no fueron jornadas de duelo, ni tampoco de homenaje, sino que fueron sobre todo jornadas de combate."


Que el 8 de abril del año 2003 muriera precisamente José Couso en la planta 14 del hotel Palestina de Bagdad, alcanzado por los disparos estadounidenses, es sólo una trágica fatalidad; que ese día, a esa hora, en esa planta, muriera alguien, fue sin embargo una decisión premeditada y criminal. Que esta misma mañana en Iraq hayan muerto precisamente Ahmed y Leila y Sofián y Redwan y Fatma, bombardeados o tiroteados o degollados, es una desgraciada casualidad; que esta mañana en Iraq hayan muerto muchos es la inevitable consecuencia de una acción consciente y homicida. Podía no haber muerto José, podían no haber muerto Ahmed o Leila, pero lo que no podía ocurrir es que no hubiera muerto nadie en el hotel Palestina, lo que no puede ocurrir es que hoy no esté muriendo nadie, bombardeado o tiroteado o degollado, en las calles de Iraq. Hace falta mucho coraje, mucha sensibilidad y una altísima conciencia ciudadana para aceptar que el propio hijo o el propio hermano o el amigo íntimo es en realidad Alguien, es Muchos, es Cualquier Otro, y fundirse a continuación en un dolor sin fronteras y en una rabia justiciera para ocuparse del destino de Todos.


Eso es lo que vienen haciendo desde hace tres años la familia y los amigos de José Couso y por eso las jornadas celebradas con ocasión del tercer aniversario de su asesinato no fueron jornadas de duelo, ni tampoco de homenaje, sino que fueron sobre todo jornadas de combate. Combate destinado, sin duda, a trazar públicamente, en el caso concreto de José, esa raya oficial que llamamos con optimismo “justicia” y que distingue bajo la luz del sol -o debe distinguir- entre el asesino y su víctima. Pero combate también empeñado en denunciar y contener esa onda expansiva que quiere hacer puré todas las rayas, todas las marcas, todos los límites y que en su indiferencia destructiva va tachando todos los días al azar cuerpos concretos y nombres amados sobre la superficie de Iraq.

Si tuviese que resumir las jornadas de Madrid, alguien podría objetar que estoy contando un cuento y la verdad es que no andaría muy desencaminado, pues en realidad todos los cuentos reúnen -y en eso consisten- los elementos necesarios para acabar haciendo justicia. Casi siempre esos elementos son pocos y esenciales y en este caso los amigos y compañeros de José Couso se inclinaron por la combinación más tradicional y realista. Todo lo que hubo en esas jornadas fue: algunas palabras mágicas, tres gigantes y una torre. Y con eso es imposible a la larga no vencer.

De las palabras mágicas no diré mucho, salvo que en todos los cuentos hay que desencantar a una princesa transformada en asno o a un guerrero convertido en cordero o un sabio volteado en rana. El proceso en virtud del cual somos permanentemente transformados en asnos, corderos y ranas, y mantenidos en esa monstruosa condición, se llama -por ejemplo- televisión y, en general, propaganda; y frente a ese encantamiento global se precisa una magia muy poderosa, una contra-hechizo tan raro como sencillo: verdad o, menos pomposamente, veracidad. Hace falta una magia extraordinaria para mantener encantados a los hombres -periodistas empotrados y tanques artillados- y hace falta una magia aún mayor para desencantarlos.


En el Círculo de Bellas Artes se pudieron escuchar algunas de estas palabras mágicas que nos devuelven a la realidad y contra las que los hechiceros negros, cuando fallan las mentiras, se reservan siempre un último conjuro: un tiro en la boca que las pronuncia. Lo saben bien los familiares y amigos de José Couso; lo sabe bien la periodista Olga Rodríguez, que compartió con él sus últimas horas, como lo sabe también Giuliana Sgrena, la corresponsal de Il Manifesto que estuvo a punto de añadir su nombre a la macabra lista de los cien periodistas muertos en Iraq desde el comienzo de la invasión. Otros desencantadores de asnos, corderos y ranas hablaron también esa tarde en el Círculo de Bellas Artes: Carlos Varea y Teresa Aranguren, admirados amigos que despojaron de todo adorno, con el rigor y sensibilidad que tanto me han enseñado, la obra de conquista emprendida por los EEUU y desplegaron ante los oyentes los peligros inmediatos incubados en su proyecto de reestructuración de Oriente Medio.


Como consecuencia ya real de esa irrupción imperialista, me estremeció una observación de Teresa Aranguren, siempre atenta a los detalles totales. Gran conocedora del mundo árabo-musulmán, hasta hace no mucho tiempo -nos contaba- podía identificar a través de las imágenes de televisión el país donde habían sido grabadas; hoy ya no puede, no sólo porque se funden todas las ciudades por igual en un horizonte de ruinas sino porque -demolición brutal de las últimas defensas psicológicas- todas las caras y todos los gestos, en Iraq, en Palestina, en Afganistán, en Egipto, en el Líbano, en Argelia, repiten de un modo uniforme la misma frustración y el mismo dolor.


Luego -el sábado por la mañana- estuvieron los tres gigantes. En realidad los tres gigantes eran tan bajos que parecían de mi misma raza; en realidad los tres gigantes eran tres mujeres; en realidad los tres gigantes eran tres madres. He dicho alguna vez que, en un mundo en el que los vivos estamos casi todos y casi siempre dormidos, son los muertos los que permanecen despiertos y lamentan de noche nuestra somnolencia y lloran para que nos despabilemos. Cuando nos llaman, las madres ya están levantadas; se han levantado hace mucho tiempo. Cuando nos sacuden el hombro, las madres ya están despiertas; han estado siempre despiertas. La dignidad, ¿cómo nos la imaginamos? De pie y despierta, erguida y sin párpados. En un mundo tan injusto que sólo despierta a los que mata, la dignidad de las madres sostiene aún la idea de justicia; si inclinasen la cabeza, todo estaría permitido y todo estaría perdido. Rosa Regás (cuyas enérgicas y contundentes intervenciones cada vez me gustan más) presentó en el Círculo de Bellas Artes a estas tres gigantes normales, a estos tres colosos sencillos, a estas típicas excepciones. Necesitamos, es verdad, conocimiento, pero necesitamos también ejemplos; necesitamos, es decir, un ejemplar de tirano para aprender a amar la libertad, necesitamos un ejemplar de hombre (o mujer) para aprender a gozar de un abrazo; y necesitamos un ejemplar de dolor digno para aprender al mismo tiempo el dolor y la dignidad. Me impresionó muchísimo el rostro de Vivian Mati, la madre iraquí que sobrevivió al cañonazo estadounidense que mató a su marido y a sus tres hijos, un rostro al que su relato no podía añadir nada -ni siquiera un título- porque el sufrimiento inaudito había despojado su expresión de toda ambigüedad y de todo realismo: no había adquirido sino que le habían esculpido -y no Miguel Angel sino Bush- esa cara. Y me impresionó muchísimo también que Maribel Permuy, la madre de José Couso, nos confesara después, durante la comida, que se había sentido “avergonzada” al escuchar hablar a Vivian: “comparado con el suyo, mi dolor es tan pequeño, tan insignificante; yo estoy rodeada de hijos que me apoyan y me ayudan”. Hace falta ser un gigante típico -un gigante de sensibilidad e inteligencia- para lograr lo que ningún filósofo ha logrado jamás: distinguir grados en el absoluto. Como me impresionó también, ni menos ni más, la declaración de Maritza Castillo, la madre de Camilo Mejía, el primer desertor estadounidense de la invasión de Iraq, condenado a un año de prisión por huir hacia el verdadero peligro: “Cuando mi hijo se fue a la guerra”, nos dijo Maritza, “no pude pedirle a Dios que me lo devolviera vivo porque se iba a matar iraquíes en una guerra injusta”. Sólo una gigante normal puede decir eso. En una ocasión, Albert Camus proclamó provocativamente: “entre mi madre y la justicia, elijo a mi madre”. En el caso de la madre de Camilo esa alternativa era en realidad un pleonasmo y por eso Camilo acabó eligiéndolas a las dos al mismo tiempo.


Y estuvo al final la Torre. La levantamos -permítaseme este plural empático- frente a la embajada de Estados Unidos, una atalaya para vigilar a los que todo lo vigilan, una almenara para asediar el asedio, un castillo para encerrar a los cerrajeros, un balcón para mostrarles el aire libre y tenderles en la cara la ropa limpia. No sé cuántos amigos se reunieron allí esa noche, pero sí los suficientes para cortar la calle Serrano; los suficientes, por tanto, para que José Couso diera una fiesta. Creo que todos sentimos esa misma electricidad, hasta tal punto multiplicada y compartida, mientras la noche caía sobre Madrid, que nos abrumaba un poco con sus demasiados matices: la tristeza, apoyada y combativa, se volvía alegría y la alegría, frente a la sede de los francotiradores, se volvía rabia militante. Y allí, en medio, la Torre. Desde ella nos hablaron de nuevo las tres gigantes, desde ella David y Javier Couso afilaron desafiantes la paciencia, desde ella se lanzaron arengas, se recitaron poemas, se corearon canciones.


Fue particularmente emocionante oír cantar a Paco Ibáñez, con inalterable alma en la voz cansada, A Galopar (“hasta enterraros en el mar”); el único gran cantautor vivo y despierto de España, por eso mismo el más silenciado y el menos homenajeado, se rompió la garganta por solidaridad, erguido en la Torre, para hacernos vibrar, no de melancólica nostalgia, no, sino de la alegría que acompaña a las ganas de luchar. Paco Ibáñez no se ha movido y, ahora que el mundo vuelve a donde estaba, descubrimos que siempre ha ido por delante de los que creyeron haberlo dejado atrás. A Galopar suena hoy más apremiante, más comprometedor, más movilizador que en los años setenta en el Teatro Olimpia de París.


Con unas palabras mágicas, tres gigantes y una torre en los cuentos se hace justicia; en la realidad, se hacen al menos hombres y mujeres justos. En una ocasión empecé así un poema contra el individualismo y a favor de la revolución: “Me subí al árbol y me salieron hojas; tropecé en el rosal y me brotaron flores”. José Couso no está vivo; Ahmed y Leila y Sofián y Redwan y Fatma no resucitarán; pero ahora somos más; pero ahora pedimos más; pero ahora somos más valientes. Alguien y Muchos y Cualquier Otro vencerán. A la familia, los amigos y compañeros de José Couso, gracias. Porque esos días de abril trepamos a la rama y nos crecieron retoños; nos pinchamos con el rosal y nos han crecido puñales.


Puedes oir la grabación en audio de las jornadas:

Conferencias en el Círculo de Bellas Artes

Viernes 7 de abril:

La imposibilidad de informar en Iraq Intervienen: Giuliana Sgrenna (periodista italiana), Jose Miguel Azpiroz (periodista de Punto Radio) y Olga Rodríguez (periodista de la SER y Canal Cuatro)
(Próximamente)

Ocupacion y resistencia en Oriente Medio: Palestina e Iraq, hoy

Intervienen: Carlos Varea (coordinador de la CEOSI), Santiago Alba Rico (escritor y ensayista) y Teresa Aranguren (periodista y escritora). Modera: Javier Couso
(Próximamente)

Sábado 8 de abril:

Madres contra el terror
Intervienen: Maribel Permuy (madre de José Couso), Vivian S. Salim (madre iraquí que perdió a sus tres hijos y a su marido por disparos de soldados estadounidenses) y Maritza Castillo (madre de soldado estadounidense desertor).
Descargar mp3(25Mb)

Concentración frente a la Embajada de EEUU
Intervendrán: Giuliana Sgrena, Suzan Nathmi Daana y Maribel Permuy
Actuarán: Paco Ibañez, Angel Petisme y más artistas...
Emisión en bruto por radio.nodo50.org