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La mirada incómoda. Por Javier Ortiz
(Lunes 24 mayo 2004)
Publicado el 22 de mayo de 2004 en www.javierortiz.net
Ayer, viernes de paliza. Por la mañana, a primera hora, a escribir el Apunte del día, luego la columna para El Mundo de hoy, luego a atender deprisa y corriendo la correspondencia -cada vez lo hago peor, pero no por falta de gana, sino de tiempo-, luego a informarme más sobre La Boda, luego a toda pastilla para Barajas a coger el avión de Bilbao... Y luego el vuelo, y en Bilbao a escape a los estudios de ETB, y allí bocata de urgencia, maquillaje, participación en la tertulia del programa Pásalo -monográfico sobre el horror de hoy, de ahí la necesidad de estar informado-, y desmaquillaje, y taxi a escape al aeropuerto de Sondika para no perder el vuelo de regreso a Madrid... Y que va Iberia y nos deja en el quinto carajo, en un extremo de Barajas, lo que me obliga a pegarme un cuarto de hora de caminata para encontrar un taxi bajo la lluvia... Genial.
Pero todo acaba terminando, de un modo o de otro.
Ya en el portal de mi casa, abro el buzón y recojo un paquete. Es el libro que acaba de salir dedicado a la memoria de José Couso. Se llama La mirada incómoda. Viene con una cariñosa y combativa dedicatoria de David Couso.
El libro recoge aportaciones de casi medio centenar de periodistas, escritores y artistas, desde José Luis Sampedro a Eduardo Galeano, pasando por la difunta Dulce Chacón y el ayer felizmente liberado Fran Sevilla.
Incluye también un breve texto mío.
Deberíais comprar el libro. Sus beneficios se destinarán a sufragar los gastos derivados de las demandas emprendidas para hacer justicia en este caso.
Incluyo a continuación el pequeño artículo con el que contribuí a la obra, para animaros a su difusión. No es gran cosa, pero lo escribí de todo corazón. Dice así:
De una raza especial
por Javier Ortiz
Son de una raza especial. Cuando la realidad cruje, cuando estalla, cuando los demás cerramos los ojos o nos protegemos la cara con las manos, o volvemos la vista para no afrontar el horror, o echamos a correr en dirección contraria, ellos empuñan la cámara sin pestañear, instintivamente. Y fotografían, o filman. Y saben qué fotografiar, y qué filmar.
Lo que no saben es protegerse.
Empecé a tratar a los hombres y mujeres de esa raza en los tiempos de la transición española, cuando acudía con ellos a actos políticos en los que todo podía acabar -y solía acabar- como el rosario de la aurora. A mí me tocaba escribir, pero eso no lo sabía más que yo. A ellos les tocaba fotografiar, o filmar, y eso lo veía todo el mundo. Mientras con nosotros nadie se metía casi nunca, casi siempre había alguien dispuesto a irse a por ellos: toda suerte de fascistas y policías de porra fácil.
El daño solía serles doble. Porque, mientras nosotros disimulábamos fácilmente nuestro material de trabajo -los ojos, la memoria; un papel y un bolígrafo, como mucho-, ellos cargaban con sus mejores tesoros -cámaras, teleobjetivos, angulares-, carísimos, pagados de su bolsillo y rara vez asegurados. Quienes les pegaban no se conformaban con sus cuerpos: les rompían las pertenencias.
José Couso era un espécimen arquetípico de esa raza. La de los periodistas gráficos, que se define finamente. La de los foteros, que solemos decir en la jerga del ramo.
Nadie crea que es gente que ama el riesgo o la aventura; que se postula para héroe o para mártir. Quizá haya alguno al que le vaya esa marcha, puede ser. Pero la inmensa mayoría son tipos discretos, prudentes, a veces incluso reservados, parcos en palabras, bastante celosos de su salud y muy conscientes del valor del material que manejan.
Su problema es que tienen metido en el cuerpo el veneno de la mirada. Han aprendido no sólo a mirar, sino a hacernos ver. La elección de la imagen, de la luz, del encuadre, del momento: es su modo de contarnos lo que piensan. Y lo que sienten. Es un oficio, pero también un arte. Todos podrían apuntarse a la máxima de Picasso: «Yo no busco; yo encuentro».
Estoy seguro de que, cuando José Couso montó al hombro y puso en marcha su cámara en Bagdad, sabía que corría un enorme peligro. Pero apuesto cualquier cosa a que pensó en ese peligro mucho antes de coger la cámara. Tal vez el día anterior, por la noche, antes de dormir. Probablemente mezcló a esa certeza del peligro -al miedo-, muchos otros sentimientos: la conciencia de estar mal pagado, de trabajar en condiciones penosas, de no ver reconocido el valor de su obra, de estar siendo explotado por dos docenas de señoritos bien cebados. Y más.
Pero no en el momento. Porque el periodista gráfico de raza, cuando coge una cámara, desde el mismo momento en que la coge, sólo piensa en captar el instante, en que su intuición -construida con horas y más horas de paciente oficio- se encargue de guiar sus pasos. En hacerlo bien. En contarnos lo que tiene delante, como testigo excepcional.
El infausto día en que Couso fue asesinado, se encontraron frente a frente los dos objetivos más opuestos que cabe encontrar. El de la cámara de José, que trataba de inmortalizar un pedazo de Historia -un trozo de vida-, y el del arma del soldado estadounidense, que disparó contra él para hacerle otro hueco a la muerte.
Ésa es la cruel paradoja de estos tiempos: que muere la vida, que vive la muerte.
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